Era hora
Agosto 31, 2008
Se va descartando agosto de la agenda, despacito y rápido como su otoño. En un septiembre de una anarquía rara, la del 83, nací. En 15 días diré que tengo 25 años y tendré que empezar a excusarme de algunas cosas que tengo aun pendientes. Septiembre es ventoso por dentro, es cerveza y encuentro.
Odio a los almanaques. Detesto que me impongan una estructura macabra para delimitar mi tiempo. Las fechas de vencimientos de los impuestos desafían, las muy perras siempre ganan por un rigor ajeno. Desde pendejo llevo incorporada una lógica de consumo bastante triste y materialista; cuando mi vieja me ordenaba comprar leche sabía que debía seguir pasos inamovibles: saludar al almacenero; sonreír; preguntar por la leche; evaluar el precio; elegir la más barata; cuando tenía en la mano el envase todo pegajoso: descifrar, entonces, entre los números color imprenta cuál era nuestro tiempo límite para merendar; el proceso se concluía al contar el vuelto sin acudir a los dedos para aparentar ser más grande.
Los relojes dan puras malas noticias. Todo el tiempo. Siempre. “Llegar tarde” es malo por culpa de ellos. “Impuntual” tiene una connotación peyorativa también por ellos. Las personas que los lucen con esteticismo y hacen alarde de eso; ¿son puntuales?
La eternidad es irónica y contar los días es frívolo.
Mi tiempo se hace calma cuando tengo sueño. Mis horas son mías cuando las disfruto. Llego tarde cuando hay desinterés. Arribo con anticipación cuando me regalo con moño. La noche es de la luna y empieza cuando las putas del cabaret lo deciden. El día es del sol y se termina cuando el último pajarito pedorro de la plaza deja de hacer bardo. La madrugada es del sexo y tiene vida con el insomnio. La siesta es postre y se revierte con las telenovelas previsibles.
El tiempo no debiera ser una estructura. Es libre. Es ventoso como septiembre.
Apetito
Agosto 26, 2008
Después de la cena del sábado perdí toda sensación parecida al apetito. A mi abuela le preocupa ese estado en cualquiera de sus nietos, para ella comer mucho es síntoma de buena salud y tomar sopa es tan igual a sentirse pleno y felizmente realizado.
Soy inútil en todo lo relacionado a la cocina. Odio lavar platos y me irrita presionar la perilla del horno para que éste consiga encenderse. Hay noches en las que me obligo no tener hambre, me dibujo antojo de café con leche con galletas de agua que mi vieja compra para mi dpto. Si tengo buen humor es probable que a las galletas les regale mermelada de durazno; si hay invitado: dulce de leche. Una madrugada de la primavera pasada un loco mezcló macoña, manteca y criollos recalendatos en mi sartén, desde aquel menú que no espero que me preparen una comida escandalosa para forjar la coquista.
Sí puedo pasar días comiendo pepitos, reconozco que las consumo a fuerza de placer. Siento piel. Que que somos uno. Que nos ahogamos con lengua cuando tengo una de ellas en mi boca. Me debo a su marrón crocante y al azul que las envuelve, se reinventan cada vez que se hacen paladar. Mi mejor droga.
Jorgito
Agosto 24, 2008
A Lanata lo admiro desde siempre. Lo leí y hasta lo leo a diario. Compré Argentinos I y II. Al I se lo recomendé a mi viejo; al II lo tengo aún en mi biblioteca.
Mientras veía TVR me enteré que Lanata optó por pasar el verano que viene en un teatro de revista. Le van a sacar fotos con mujeres repletas de siliconas y seguro que lo van a obligar a descender por una escalera con luces de boliche. Preferiría, honestamente, que no lo vistan con un traje que no sea el negro (ni rosado ni siquiera blanco) ni que tampoco lo rodeen de plumas.
Es preocupante. Me jode, en el fondo, que ese loco no tenga espacio en la TV. Es recurrente decirlo, pero me molesta. Desde Rial hasta Gelblung lo tienen. Lanata no. También, creo, me molesta que durante la semana lo hayan entrevistado los personajes que hacen preguntas en horarios de la tarde. Verlo en un móvil de trasmisión directa con una “periodista” de pelo colorado tampoco es lo que los medios de comunicación necesitan.
Mucho menos lo que los argentinos necesitamos.
Sábados
Agosto 16, 2008
Es sábado y la siesta anda con ganas de morir. El fin de semana está oficialmente declarado. La semana estuvo pesada, densa y tensa a la misma vez.
Anoche dormí durante toda la madrugada, a las 7 del sábado estaba sentado (sólo) en un bar, espiando el partido de hockey que el canal de aire no transmitía. Almorcé con mis hermanas, un plato sencillo, vimos un par de fotos y un video en youtube con el que nos cagamos de risa en trío.
Tengo intriga o ansiedad. Me pasa eso durante las tardes de los sábados en las que no planifiqué nada para sus noches. Esta no es la excepción. Pareciera que pretendo sobrevivir con la presuposición esperanzadora de que alguien revivirá de algún mensaje de texto, charla en el MSN o del facebook. Tampoco transcurro las horas en total dependencia a aquella espera; es mi inconsciente quien actúa sólo.
Por fuera de este departamento se aprecia un sol soplón y personas despeinadas. Me dan ganas de caminar. Mientras lo comento voy categorizando diferentes alternativas posibles para esta tarde que van desde continuar con este posteo desde un bar hasta llevar la ropa al lavadero. Le doy enter y después veo.
La oficina
Agosto 15, 2008
Llegué no hace mucho del trabajo. Siempre que arribo a mi departamento, y es invierno, atino a permitir que el agua caliente de la ducha convierta al baño en una nube cálida. Actúo por inercia.
En el laburo hay un clima algo tenso. Trabajo en una oficina que pretende ser administrativa, 9 horas, en una empresa cuya matriz está pensada en otro idioma. Compartir mi rutina laboral con 7 mujeres no es un dato menor, 26 es la edad promedio del grupo. Hay de todo; la soltera, la que vive en pareja, la que está de novia desde siempre, la divorciada, la enamorada. Todas ellas llevan en sus discursos diarios un lenguaje que acredita cuan estables son sus relaciones sentimentales, esa es quizás la causa por la cual uso al estado civil como variable fundamental para comentar qué tan amplio es el abanico de los perfiles de mis compañeras. Con ellas paso gran parte de mi día, si bien trabajo en esa oficina desde hace poco más de un año siento que ya las conozco. Sé desde sus gustos culinarios hasta de las diversas posiciones que cada de ellas disfruta en la intimidad. Ellas también de mí. Claro. De tres de ellas puedo decir que soy amigo, del resto soy un buen compañero de trabajo. Todas las mañanas nos saludamos con un beso, nos preguntamos cómo estamos y si alguno viste una prenda nueva el resto se la halaga. El mate es un puente y canal para mantener el contacto durante la jornada, prefiero los preparados con azúcar que aquellos que llevan edulcorante, tomarlos amargos es un indicio de cansancio. De cada una identifico sus mejores caras de culo y también sus más notables rostros de feliz cumpleaños; ninguna sabe que logré detectar ese aspecto de ellas.
Es cierto que es inevitable que existan roces (cuyos protagonistas se ocupan de salvarlo burguesmente); también es cierto que hay cosas que sí son evitables. Mañana es viernes y la cultura empresarial nos permite vestir jeans, hay una que ama ser oficinista y prefiere el pantalón formal por sobre el jean, los tacos por sobre los zapatos cómodos, el fichero por sobre una carpeta de archivos compartidos; de a ratos es una a la que más me cuesta entender.
¡Buenas!
Agosto 13, 2008
Me entusiasma la idea de contar en mis días. Vivo en un país cambiante y lo comparto con una sociedad que por ahí me sorprende y hasta me desconcierta. Lo mismo me pasa con mi gente, mi mundo, mis días. A veces hablo en primera persona y otras en tercera. Por ahí cito textulamente y otras literlamente. Siempre (pero siempre) comento sobre aspectos que se me convierten en comunes y propios.
Por eso lo cuento. Veamos qué sale.