Apetito
Agosto 26, 2008
Después de la cena del sábado perdí toda sensación parecida al apetito. A mi abuela le preocupa ese estado en cualquiera de sus nietos, para ella comer mucho es síntoma de buena salud y tomar sopa es tan igual a sentirse pleno y felizmente realizado.
Soy inútil en todo lo relacionado a la cocina. Odio lavar platos y me irrita presionar la perilla del horno para que éste consiga encenderse. Hay noches en las que me obligo no tener hambre, me dibujo antojo de café con leche con galletas de agua que mi vieja compra para mi dpto. Si tengo buen humor es probable que a las galletas les regale mermelada de durazno; si hay invitado: dulce de leche. Una madrugada de la primavera pasada un loco mezcló macoña, manteca y criollos recalendatos en mi sartén, desde aquel menú que no espero que me preparen una comida escandalosa para forjar la coquista.
Sí puedo pasar días comiendo pepitos, reconozco que las consumo a fuerza de placer. Siento piel. Que que somos uno. Que nos ahogamos con lengua cuando tengo una de ellas en mi boca. Me debo a su marrón crocante y al azul que las envuelve, se reinventan cada vez que se hacen paladar. Mi mejor droga.
Agosto 27, 2008 at 7:19 pm
Mi abuela es igual. Si como pizza me ofrece un plato de tallarines. Si como un sándwich de milanesa, me pregunta si no quiero un guiso. Yo me mato con gomitas. Entiendo tu adicción.